Poco a poco el ciclo de la vida se cumple.
Las cigüeñas están volviendo y cada año lo hacen un poco antes. A finales de agosto habían desaparecido y sus nidos quedaron vacíos. Ayer, cuando las ví sobrevolar por encima de mí, su visión me alegró los ojos.
Conforme llegan, van escogiendo los nidos mejor situados a la espera de futuras parejas que no tardan en formarse, hasta el punto de poder observar peleas entre ellas a base de picotazos y empujones.
Dentro de poco (en febrero) las veré pasar con ramas y otros materiales para renovar o crear sus nidos. Mientras tanto, sus crotoreos se escuchan de forma masiva como forma de saludo entre las distintas parejas.
Tras unos 32 días de incubación para lo que se alternan los dos miembros de la pareja, se produce la eclosión de los pollos y las consiguientes obligaciones para su alimentación y protección, labor que también realizan ambos.
Ya en junio y julio, las crías se afanan por conquistar el espacio aéreo y acompañan a sus progenitores, en un espectáculo fantástico. Es impresionante cuando llega ese momento pues planean en un cielo límpido y azul, tan cerca que casi las puedo tocar.
Una vez disfrutada la primavera y la etapa estival, en el mes de agosto, todo el grupo familiar inicia el vuelo migratorio hacia su residencia de invierno en el Norte de África.
Como la vida misma.










